No hay manera de sacarle de su habitación y de la consola. No quiere ni bajar al parque. Dice que ¿para qué? Y, encima, vaya notas que ha traído, ¿será el paso de etapa o es que le pasa algo y no me he enterado? Si es que dice que ya no quiere ir a clase, que es una mierda…“

No me acuerdo de nada.  Si yo juraría que había comprado huevos. ¿Me los habré dejado en la farmacia cuando he comprado la nueva “hornada” de tests de antígenos? Igual no los he comprado, no sé… Igual fue la semana pasada. Espera a ¿qué fecha estamos?  Y luego le digo al niño que se le olvidan las cosas del cole pero anda que yo también… Ufff y ahora tengo que sacar la lavadora, con lo cansado que estoy, pero si parece que llevo un plomo encima…”

“¿Y esos dedos? ¿Cómo los tienes así de morderte las uñas a todas horas? Si tienes hasta heridas. ¿Por qué ahora no comes nada en la comida y luego te atiborras? ¿Y desde cuando comes tantos dulces? No sé qué te pasa…”

“Mira es que ya me dan ganas de contagiarme y punto. Ya no se puede vivir así. Que si ahora la clase confinada, ahora antígeno, luego vacuna… Ni planes puedes hacer, ni dejar que vengan a casa otros niños a dormir. Pones una cosa en la agenda y luego la tachas. Y hay gente que le da todo igual… ¡Ufff! Pero ¿esto qué es? Y todos en casa enfadados por tonterías…”

“¿Qué hago yo con mi vida?¿De verdad quiero seguir con mi pareja si estamos todo el rato discutiendo? ¿Qué será de mis hijos? ¿Cómo les va a afectar esta maldita pandemia que no acaba? ¿Podré volver a dar un abrazo a mi padre antes de que se muera, un abrazo como los de antes, con tranquilidad, sin agobios?

Quizás te sientas identificada con algunas de estas cuestiones u otras similares. Todos, en mayor o menor medida, tenemos alguna de estas sensaciones en mayor o menor intensidad.  Estamos viviendo lo que las personas expertas llaman “fatiga pandémica“. Una reacción de agotamiento físico y emocional frente a una situación adversa, mantenida en el tiempo, incierta y que no acaba.

Irritabilidad, tristeza, miedo, sensación de culpa irracional, problemas de sueño, pérdida de concentración y memoria, desorientación temporal, inquietud por el futuro, agotamiento, la sensación de que todo requiere un esfuerzo enorme, pensamientos de no saber quién eres, desmotivación, falta de ilusión … Y podríamos sumar y seguir… Estamos “fatigados”. Las familias estamos “fatigadas”. Casi estamos “fatigadas” de estar “fatigadas”. No es algo que les ocurra sólo a las personas adultas, también a las niñas y adolescentes.

Esta “fatiga” no tiene por qué ser patológica siempre o derivar directamente en problemas de salud mental. Es verdad que la pandemia nos ha sumado estresores y si había ya alguna cuestión emocional previa por resolver, se forma parte de un grupo de riesgo especialmente afectado por la pandemia o no se han podido sumar suficientes factores de protección puede afectar en más intensidad, durante más tiempo o derivar en problemas clínicos. De hecho, los Servicios de Salud Infantil, los Departamentos de Orientación Escolar y Agentes socioeducativos advierten de que, ante esta fatiga pandémica, es necesario fortalecer el cuidado emocional de las más pequeñas.   ¿Y qué podemos hacer desde casa las familias en este sentido?

Algunas claves que nos dan las personas expertas a nivel general giran en torno a: limitar la información sobre la pandemia, incorporar la mirada de centrarse en el aquí y ahora, fortalecer factores antiestresantes particulares para buscar cierta serenidad con una misma y pedir/ofrecer ayuda potenciando las redes afectivas sanas de cuidado (las naturales y las profesionales de terapia u otras) Y esto también para los niños y adolescentes.

Si hablamos de “antiestresantes”, ¿Qué cosas les “desestresan” a los niños? Una buena idea es observarles (cuando se les da tiempo y espacio en una opción libre y responsable) y preguntarles, algo a lo que no estamos ni están muy acostumbradas. (Tampoco les hemos tenido tan en cuenta a la hora de poner medidas restrictivas).

Parece que tenemos elementos como la alimentación sana, suficientes horas de sueño, el juego (sobre todo, con movimiento), el deporte (mejor en la naturaleza), actividades de ocio con iguales, el uso de técnicas de conexión interna (respiraciones, relajaciones, mindfulness, masajes…), muchos momentos de conexión afectiva con la familia y personas queridas, tiempos de desconexión digital, espacios para la expresión emocional (ya sea a través de la conversación   o desde  la actividad artística (escribir a mano en un diario, pintar, esculpir, crear música, bailar… ), reenfocar pensamientos negativos…. ¡Ojo! Hay elementos que pueden ver como antiestresantes y en realidad tienen el efecto contrario como el consumo de comida no sana (con azúcar, grasas y aditivos) o el consumo excesivo de tecnología.

Y, por supuesto, nuestro modelado en cómo sobrellevamos la fatiga pandémica, cómo nos atrevemos a manifestar nuestras propias emociones y necesidades (sin desbordarnos u ocultarlas), cómo pedimos ayuda (a nivel de red natural o profesional) y cómo nos cuidamos personal y mutuamente de forma sana será un ingrediente fundamental para ayudarles. De hecho, varios estudios apuntan a que la manera en cómo vamos afrontando emocionalmente las personas adultas la pandemia puede ser un factor de protección o de riesgo para la salud de nuestros hijos e hijas.

Muchos autores insisten, de cualquier forma, en que no se trata tanto de ir sumando factores de protección sin más, sino de que quizás sea el momento de hacer un cambio de “chip”, de mirada, de forma de relacionarnos con la vida, con nosotras mismas y los demás.

Te dejamos el vídeo de la charla “Fatiga pandémica: ¿madres y padres al borde de un ataque de nervios? que tuvo lugar el 3 DE FEBRERO A LAS 18:00 H

El psicólogo Luis Muiño nos habló de la fatiga pandémica y sus implicaciones y presentó su visión del tema y sus reflexiones sobre qué aprendizajes podemos sacar de la pandemia y qué oportunidades de cambio podemos tener.

 

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