anorexia

Se llama anorexia

Queridos padres y madres:

Vuestra hija está enferma. Soy su cuerpo y necesito ayuda, necesitamos ayuda. Por favor, no os pongáis a la defensiva, no es culpa vuestra. Ni suya. El dolor es autónomo. Sé que la queréis más que a nada en el mundo. Pero ella no. Ella no se quiere. Se odia. Me odia. Tiene una voz en su cabeza que, como una radio de incansables pilas, le repite cada día, a cada hora, a las en punto, las y media y las menos cuarto, que soy feo, gordo, vergonzoso. Me insulta. Me mira con asco en los escaparates de las tiendas por las que pasa. Evita mirarme al salir desnuda de la ducha. Y lo peor es que ni siquiera me ve como realmente soy.

Sé que os resulta difícil de creer, ya que la muchacha lleva una vida normal. Lo tiene todo, diréis. Lo tengo todo, dice. Y, sin embargo, parece estar cubierta por una capa de plástico por la que el alrededor, las conversaciones, las risas, el cariño, la alegría, resbalan sin tocarla. Es como escuchar tu canción favorita con un oído tapado. Aunque te gusta no llegas a disfrutarla. Ese es su virus, una tristeza sólida que le oprime el pecho con la furia de cinco pianos de cola enfadados y mudos. Solo ella puede oír sus acordes menores. Y ese escandaloso infierno le pesa, le consume mientras espera el metro, se pinta las uñas o pide una caña.

Nadie lo ha notado porque tengo bastante carne a pesar de estar desnutrido, porque la veis comer, porque pone excusas o miente para saltarse platos, porque cuidarse es algo común y sano. Además, seguramente argumentéis que no la habéis educado para dar tanta importancia al físico, que es una chica sensible y lista. De hecho, siempre ha sido la primera en todo lo que ha hecho, ¿verdad? Siempre ha sido perfecta. Esa es su palabra favorita. Esa es su obsesión. Porque lo contrario a la perfección es el fracaso y no puede permitírselo. Fallar, decepcionar. Un 9,8 en un examen es un 10 que no ha conseguido. Esa galleta son veintiocho calorías de las que podría haber prescindido. Podría haberse esforzado más por hacer reír a aquel chico. Rigidez, exigencia. Esas son las bases de la dictadura que la gobierna y a la que me somete sin que pueda defenderme.

Soy consciente de que después se arrepiente y le perdono cuando llorando grita que lo siente. Pero no soporto más que me arañe, me golpee y me llene de moratones cada vez que se pone nerviosa. Ve en castigarme una forma de aliviar esa ansiedad que le presiona el esternón. Y no es por dármelas de inocente, pero os juro que carga contra mí responsabilidades que no me pertenecen.

Imagino que es más fácil gestionar sentirse gorda que estúpida, pese a no ser nada de ello. Así que, para animarse, comenzó hace un tiempo a centrar su atención en mí. Pensó que me sentaría bien sustituir la pizza por una ensalada para cenar, hasta que todas mis noches fueron verdes. Otra semana creyó que podía ahorrarse las calorías del huevo duro. A la siguiente que el queso no le gustaba tanto. Un mes más tarde no había ni lechuga. Y esa sensación de control, de éxito, de lograr su meta autoimpuesta, se convirtió en una tóxica adrenalina.

Ahora, según se despierta me monta religiosamente en la bicicleta estática y no le importa que tenga nauseas o me maree, no me deja bajar hasta cumplir mi ejercicio. Me sube cada mañana a la báscula del cuarto de baño, que os agradecería que escondierais, porque en cuánto peso cien gramos más que el día anterior, aumentan las restricciones.

La última han sido los yogures. Ya no recuerdo el sabor del de limón. Por otra parte, ha roto mi idilio con los ascensores, y me tiene subiendo y bajando escaleras con la rabia de un atleta sin polideportivo. No sé cuánto más podré resistir. A esta mujer no se le acaban las ideas para experimentar conmigo. Sabe que no tolero el café, y, a decir verdad, a ella tampoco le gusta, pero los bebe a diario. Con dolor de estómago no se tiene apetito, es su última teoría. Si dudáis de mi palabra fijaros en pequeños detalles tontos, como las veces que dice que le molesta la tripa para evitar el arroz y la pasta, la manía de apartar los rebozados, la cantidad de fruta que hay en la nevera, los dulces que de un tiempo a esta parte ya no le gustan, su manía de preguntar si le queda bien la ropa o los veranos que lleva sin pisar la playa. De pequeña soñaba con ser la sirenita. Ahora puede que haya olvidado nadar.

Vuestra hija está enferma. Se llama anorexia. Porque anorexia no es estar en los huesos o vivir en un constante ramadán laico. Es un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), una enfermedad mental para la que existe cura.

Está complicado porque en esta sociedad que nos ha tocado, la sanidad mental es la gran marginada y el sector público no cuenta con tantas inversiones como se requieren. Las pupas tangibles se tienen en cuenta, mientras depresiones y demás dolencias invisibles se apartan, se estigmatizan.

Será un camino complicado y duro, pero vuestra chica y yo necesitamos buscar tratamiento sicológico. Profesionales que nos enseñen a hacer las paces y nos cuiden mientras no sepamos hacerlo. Necesitamos ir a uno de esos centros donde rehabilitan, protegen y dan fuerzas a otras supervivientes de sí mismas como vuestra niña. Soy un cuerpo resistente, he aguantado años de maltrato y torturas, me merezco el descanso, los nutrientes y la medicación.

Y ella, mi chica, es valiente, buena, fuerte, artística e inteligente, sabrá luchar cuando le den herramientas para hacerlo. La perdonaré, de hecho, ya la he perdonado. Sé que nunca quiso herirme. Sé que el hambre es solo el síntoma. Y es que le da igual parecer una muñequita o tener abdominales, ella solo quiere ser suficiente. Suficiente para que la quieran. Nunca ha sido una cuestión de kilos, sufrir TCA es enfermar de falta de amor. De amor propio. Por favor, ayudadla.

Con cariño,

El cuerpo de una mujer con anorexia.

Amaia Barrena. Autora de Un melón en la maleta.

Asociaciones y centros de ayuda para el tratamiento de Trastornos de la Conducta Alimentaria:

ACABE Bizkaia

IMQ Amsa Trastornos de la Conducta Alimentaria

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