Los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos. Antoine de Saint Exupery

Me resulta complicado trasladar al papel un mensaje inequívoco sobre la crianza y sus desajustes. Tengo presente no crear falsas expectativas y, ni mucho menos, generar culpa. Hacemos lo que podemos con la paternidad/maternidad (y yo me incluyo el primero con mis malabares y mi neurosis). Huyan, en todo caso, de los/as mesías e iluminados/as.

La idea básica a trasladar (y complejísima de lograr) es que no sirve cualquier modo de crianza: los elementos capitales e imprescindibles del cuidado son atemporales y transculturales. Lo deseemos o no, padres y madres somos los principales (aunque no únicos) responsables del bienestar y futuro de los/as menores. No obstante, no hablaré de las conductas maltratantes obvias (castigo físico, abuso sexual, etc.) sino de aquellas sutiles y también venenosas, las cuales guardan relación con el espíritu de la época (zeitgeist).

Lo que me enseñaron los/as menores, en el contexto de la psicoterapia, es que pagan un alto precio (en términos de salud mental) como consecuencia de los profundos cambios sociales y familiares de las últimas décadas (muy resumido: soledad de los menores y disposición emocional mermada de los progenitores). Los/as menores son los grandes olvidados de este río que nos lleva, donde hemos confundido el bienestar material con el bienestar emocional. Lo revolucionario y lo humano, es estar ahí para mirarles a los ojos

Anoche vi un documental sobre un ave australiana, el casuarius. Se mostraba el modo en el que cuidaba a sus crías y pensé que nos “hemos olvidado” por completo del animal que llevamos dentro. Esa ave obraba desde el automatismo y el resultado parecía lleno de sentido común y raciocinio: presencia, supervisión, límites, modelado y entrenamiento hasta que las crías se valgan por sí mismas. Salvando las distancias, se trataba de un modo de crianza eficaz, perdido en la noche de los tiempos y que no admite improvisaciones ridículas (el casuarius no tenía un jefe al que se le ocurre que “hoy sales dos horas más tarde”). A nosotros/as padres y madres, el entorno nos impele a cambiar, a improvisar, a hacer “apaños” o nos enferma. El contexto nos aparta de las necesidades de nuestros/as hijos/as.

Y aunque se trata de una obviedad incómoda, el desarrollo de los niños/as (desde su vulnerabilidad neonatal) precisa toneladas de tiempo que han de gestionarse de un modo especial. La programación psicogenética con la que venimos al mundo, no puede entender (ni debe) que la madre o el padre se ausenten 8 horas, o más, a diario. La naturaleza disiente de las extraescolares infinitas (tras un largo día en ese lugar donde se hace coincidir el tiempo de formación con las horas de ausencia m/parental). La naturaleza no comprende que no se juegue más (y al aire libre) para crear y potenciar habilidades imprescindibles a futuro (la socialización, la empatía, la psicomotricidad…). Nuestras necesidades infantiles no aprueban un/a canguro hiperpresente porque lo que nos “late” es estar con aita/ama (sentirnos queridos/as, amados/as, pertenecientes, protegidos/as…).

Realicemos un inciso. No serán pocos/as quienes me acusarán de vivir en un mundo poco realista (“¡Hay que trabajar! ¿Qué se piensa?”). O que habito un tiempo medieval, acaso que incito a la anarquía, que me consume un idealismo rancio o directamente que soy un majadero. Un momento: tenéis razón. Los progenitores somos también víctimas. Existen condiciones laborales execrables. O contextos familiares complejos y heredados, penurias que van a sumirnos en unas condiciones de mierda (¿por qué no usar la palabra indicada?) para ejercer una crianza-educación saludables. El contexto socio-económico-afectivo-personal puede dejarnos con escaso margen de maniobra (y ser maltratante), pero éste difícilmente será 0. Sabemos que ello genera factores de riesgo para la infancia y ahí es donde las políticas socioeconómicas, la prevención y la psicoeducación se convierten en la mejor psicoterapia infantojuvenil (ese es otro tema que excede nuestro propósito de hoy).

Nos han/hemos alejado de lo instintivo, de la mirada, de la piel, de permanecer dentro de nosotros, del tiempo lento y sin aparente propósito. Y cuando esto ocurre, cuando el modo de vida hiere el desarrollo familiar e individual esperados, el/la menor enferma y sufre. Lanzo ahora algunas deliberaciones sobre la educación/crianza. Está planteado en 3 grupos, de un modo genérico y radical. Recuerde que sólo trato de espolear. ¡Esto no es personal!

a) Reflexiones sobre los mal llamados trastornos infanto juveniles.

No existen los/as niños/as: existen las familias. Los/las menores no son champiñones en medio de un prado. Los problemas del niño/a son causados/aumentados por disfunciones familiares (hay excepciones —temperamentos, enfermedades— ¡pero no el mal de ojo!).

Cuando los/as pequeños/as sufren, se comunican a través del cuerpo, los comportamientos y las emociones. No busquéis las palabras en los/as peques. El dolor se refleja en la pérdida de habilidades, el estancamiento, las rabietas, las dificultades de aprendizaje, dormir mal o desobedecer… No hay que ser tarotista para adivinar su malestar ni las causas de éste

Es un escándalo, y una mala praxis tremenda, que existan profesionales que atienden a menores casi ajenos a las dinámicas familiares disfuncionales. No puede tratarse (en general) a niños/as sin que el peso de la intervención recaiga en los progenitores. La psicoterapia infantil es para los/as adultos/as. Si no, es como aplicar pomada en una herida en pie y volver a calzar el zapato con la misma piedra. Se ha encarcelado a gente por menos.

b) Reflexiones sobre la parentalidad/marentalidad

Nunca jamás ha de concebirse al hijo/a como una propiedad ni emplearse como un arma contra la pareja. Las mayores dosis de sufrimiento que he podido observar se derivan de esta lucha de poder (separaciones conflictivas). ¡Y ambos creen defender el bien de la/el niña/o!

La crianza es colectiva desde la noche de los tiempos. Vuelvan a la relación, a la comunidad, a intercambiar pareceres, a pedir ayuda y a cooperar. Permeabilicen la familia: que entren la cordura, el tiempo y los lazos de afecto por doquier.

Si como progenitores somos negligentes, busquemos en nuestra propia infancia la comprensión de los males. Con todo, nunca ha de abandonarse el anhelo de cercenar esta herencia envenenada. O dicho de un modo mucho más radical: antes de decidir ser padre o madre, uno/a debiera verse por dentro, sanearse, reflexionar, valorar de qué modo se puede acometer la mayor de las empresas. A algunos/as esta preparación les lleva menos tiempo que hacer el equipaje (una maleta mediana).

Los padres y las madres conformamos los modelos básicos de persona, cuidador/a y de familia. De nada sirve predicar si no es con nuestro ejemplo. Prevenir sobre las drogas mientras fumamos hachís, fomentar la autonomía emocional de una hija cuando mantenemos una relación de pareja tóxica o susurrar cuánto les queremos cuando no estamos presentes enloquece al niño/a más cuerdo/a (y mira que nacen a prueba de bombas).

Permanencia junto al menor de un modo activo: la supervisión y las consecuencias son necesarias. Los/as niños/as y adolescentes anhelan los límites (aunque les irrite superficialmente) para sentirse visibles e importantes de cara al padre y/o madre. La ausencia y la desidia (consciente o no) paterna/materna son el caldo de cultivo de una baja autoestima, de sentimientos abandónicos perpetuos o incluso de la idea mortal de que nadie va a quererlos (quedando condenados/as a cualquier tipo de relación de pareja).

c) Reflexiones sobre los tiempos que corren y la crianza

Un elemento extremadamente dañino para los/as menores es la incapacidad de los progenitores de supeditar sus necesidades a las de los niños/as. Si desea criar-educar, pase a un segundo plano. Delegue proyectos para cuando los/as hijos/as crezcan. Se sugiere obrar del modo que los hijos/as necesitan, no de la manera que usted precise. Si no entiende eso, si no es su plan, es preferible que se compre un cactus (sobreviven incluso a los/as horticultores/as más olvidadizos/as).

Cuando ambos miembros de la pareja (o la persona de referencia) buscan su desarrollo profesional o personal de un modo imperioso siendo sus hijos/as son pequeños/as, juegan con fuego. El que pierde es el niño o la niña. El vacío de afecto, el tiempo no compartido, las anomalías vinculares y de apego, no van a compensarse con juguetes, vacaciones, ni ropa ostentosa. Nunca jamás. Eso sí, en algún puente de mayo sus hijos/as habrán paseado elegantes por las calles de París arrastrando su vacío y soledad.

Pueden viajar en familia, incluso a Bora Bora, para compensar un año de ausencia por trabajo, desarrollo profesional, pereza, inconsciencia u otras excusas. Pero lo que más recordará y valorará el/la niño/a no es el mar pintado de toda una paleta infinita de verdes y azules, sino el helado de chocolate que se comieron, codo con codo, en un escalón de una plaza cualquiera. Recordará que estuvieron juntos antes de una nueva separación y con el tiempo hasta dejará de importarle su ausencia. Los/as menores desean tiempo con sus progenitores, da igual si es en las afueras de Meñaka o en Acapulco (incluso hay quienes se engañan pensando que un tiempo de calidad compensa la ausencia de cantidad). Nunca podrán comprar, por muy ricos que sean, el tiempo compartido perdido ni podrán regresar a arreglar el pasado en un improbable DeLorean.

Bittor Arnaiz Adrián. Psicólogo. Programa de intervención psicosocial del Ayuntamiento de Bilbao. Agintzari Cooperativa de Iniciativa Social

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