Escribe un microrrelato sobre la familia y llévate el juego «Más que palabras»

¿Te gusta escribir? ¡Anímate! Escribe un microrrelato (máximo 100 palabras) sobre la familias o la crianza y envíanoslo a bbkfamily@bbk.eus. Te regalaremos el juego «Más que palabras» y lo publicaremos en la web de BBK Family y en Telegram. Idioma: castellano o euskera.

Puedes enviarlos durante el mes de julio y los publicaremos los viernes.

La prohibición

En la puerta había una gorra negra. Cada vez que había algo colgado, ni hermano y yo no podíamos entrar en casa. “Ni se os ocurra” había dicho mi madre. Algunos días colgaban boinas, otros, gorros de trabajo o sombreros elegantes de colores oscuros, a veces, con pluma… Mi hermano y yo cogíamos y jugábamos simulando ser distintos personajes. Si oíamos pasos, los volvíamos a colgar en su sitio, porque después siempre salía un hombre que se ponía nuestro disfraz y nos revolvía el pelo con cara de contento.

Andrea Alfaro

La carta del Olentzero

En una tarde de marzo se encontraba Xama rebuscando juguetes entre los cajones de su habitación. En uno de ellos encontró una carta en blanco para el Olentzero. Rápidamente cogió un boli y empezó a escribir.

En ese momento apareció su hermano y al ver que en la lista aparecían distintos tipos de coches, le cogió de la mano y se lo llevó al cubos de envases. Cogió un bote de detergente vacío y cuatro tapones. Con todo ello hizo un súper coche molón y único. Al verlo, Xama cogió el boli y tacho todos los coches que tenía apuntados.

Txagu

Sin tecnología

Recuerdo mis años de niñez sin móviles, ni ordenadores, ¿qué era eso?, y el teléfono fijo era muy caro. Para quedar con los amigos del barrio quedamos a través de un código de silbidos, silbábamos 3 veces y ya conocíamos los silbidos, te asomabas a la ventana y así quedábamos para bajar a la calle. Donde estabas horas y horas hasta que tus padres pegaban un grito por la ventana para que subirías a casa porque era la hora de cenar. Bendita infancia, sin más preocupaciones que el disfrutar con los amigos sin más tecnología que la palabra.

Mónica Velasco

Patuaren indarra

“Zorionak! Bikiak izango dituzue!”, esan zien medikuak. Haiek elkarri begiratu eta une horretan bertan beraien seme-alaben etorkizuna erabaki zuten:

  • Futbolaria izango da bata, abeslaria bestea.
  • Messi eta Taylor Swift bezala!

Horrela umeek, txiki-txikitatik, gurasoek zehatz-mehatz diseinatutako planari ekin zioten halabeharrez: baloi, partida eta futbol kamisetak mutilarentzat; solfeo, soineko distiratsu eta mikrofonoak neskarentzat. Batzutan, entrenamendu edo musika akademiatik bueltan, bikiek lagunekin jolastera joateko eskatzen zuten. Erantzuna, ordea, beti berbera: horretarako denborarik ez.

Urteak joan, urteak etorri eta azkenean, patuaren indarraz, familia horrek amestutako seme-alabak lortu zituen: Taylor Swift-ek bezala jokatzen zuen futbolaria bata, Messiren pareko abesten zuen bestea.

L. Fernández.

 

El tridente de Poseidón

Érase una vez una familia que vivía en Atlantis. Se parecían a los humanos, pero tenían la piel azul. Un día notaron que el agua se movía violentamente y que la corriente era muy fuerte. Para saber qué pasaba fueron al templo de Poseidón, pero estaba triste. Había perdido su tridente. Entonces llamaron a sus primos los peces y a sus tíos los hombres-pez para pedirles ayuda. Buscaron por todas partes sin encontrarlo. Entonces decidieron hacer un pastel de algas para Poseidón y cuando fueron a cogerlas vieron algo brillante. ¡El tridente! Así el mar volvió a estar tranquilo.

Pablo Álvarez, Bilbao (10 años)

Magia por un tubo

“¡Quiero ver magia!”, respondió Alain al preguntarle qué quería por su sexto cumpleaños. Poco antes de soplar las velas de la tarta le entregaron un paquete tan ligero que parecía vacío. Al desenvolver su regalo comprobó que solo contenía un pequeño tubo de cartón hueco. Un rollo de papel de cocina gastado. Sorprendido, decidió utilizarlo como catalejo y a través de su agujero observó detalladamente a la familia reunida en torno a él. Así descubrió que la magia está en la mirada de los que te quieren, y que para verla a veces hay que cerrar un poco el ojo.

Lorena Fernández.

La siesta

Martin estaba sentado en las escalerillas de su caravana. Dentro todos roncaban: aitite en el sofá, amama en la habitación pequeña, y en la grande ama y aita. ¿Por qué en el camping había que estar en silencio todos los días después de comer? Miró la hora y pensó que aún faltaba mucho para poder pedir la merienda e ir a jugar. Se asomó y vio a los demás niños, cada uno en su entrada, con los codos en las rodillas, sujetándose la barbilla con las manos y mirando sus relojes y pensó: ¡Menudo rollo la siesta de los mayores!

Ainhoa Azkueta

Sin título

«Las calles estaban vacías, no se oían las risas y el corretear de lxs niñxs.

¿Qué es lo que estaba pasando en la ciudad?

Lxs niñxs se habían olvidado de JUGAR y la tristeza y el aburrimiento reinaban ahora por todas las esquinas.

Ilargi y Hugo encontraron una vieja pelota  abandonada en el trastero, qué era aquello, nunca antes habían visto algo así.

De repente la pelota rodó por las escaleras y los dos se empezaron a partir de risa y sin darse cuenta el juego comenzó.

Lxs otros niñxs sorprendidos por las risas salieron a la calle y el juego, la imaginación, el color y la alegría florecieron de nuevo en la ciudad.

Nuria De Ríos

La foto

Ordenando el despacho encontré una foto. Era un niño pequeño con su padre. No se veían las caras. Dejé volar la imaginación y pensé que ese padre tenía mucha suerte de poder disfrutar esos momentos.

Luego me di cuenta de que esa foto estaba allí, porque los que salíamos éramos mi hijo mayor y yo, hace 25 años.

Parece que tengo poca memoria para los buenos momentos que he vivido. Tendría motivo suficiente para afrontar los acontecimientos del día con una sonrisa previa. Esa sonrisa seguro que sienta bien a todos los que me rodean.

Jose Mª Garaizar Candina

Dos gnomos y una pelota

Había una vez un pueblecito de gnomos llamado Gnomoburgo donde vivían los hermanos Perejil y Margarita. Un día estaban jugando en el patio de su casa, que estaba pegado al muro que separa el reino de los gnomos y el de los duendes, cuando su pelota cayó al otro lado. Sus padres les prohibieron ir a por el balón así que aprovecharon la noche para intentarlo con una escalera, pero pesaba mucho. Cuando volvían a casa vieron un pequeño duende que asomaba al otro lado del muro… ¡con su pelota en la mano! Se lo agradecieron y volvieron a casa.

Martina Álvarez, 10 años, Bilbao

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