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Hablemos de trauma en tiempos de pandemia

Hablemos de trauma, ya sé que da cierto vértigo

Hablemos de trauma, soy consciente de que no suele ser algo que nos resulte cómodo y menos aún si estamos lidiando con muchas emociones,  o intentando tener esas emociones controladas, hablar de trauma aún es más difícil, como es el caso del momento actual.

Sabemos que etimológicamente, es una palabra griega que significaba “herida” y que puede ser tanto una lesión física generada por un agente externo o una situación que genera un impacto emocional que deja una huella en la mente, en el mundo emocional.

Lo cierto es que el trauma emocional fue tenido en cuenta en las corrientes iniciales del psicoanálisis y la hipnosis para ser desatendido durante tiempo por las teorías psiquiátricas o psicológicas.

No es hasta hace relativamente unas décadas en las que se vuelve a considerarse la relevancia de las experiencias traumáticas a nivel emocional y sus consecuencias en el desarrollo de problemas mentales. Las experiencias adversas traumáticas pasan así a ser vistas como un factor etiológico significativo en el desarrollo de trastornos mentales y se les presta una atención importante dentro de las terapias orientadas al trauma.

En las guerras modernas queda claro el impacto de las experiencias sufridas y resulta imposible negar las graves secuelas que generan. Gran parte de la comprensión de los efectos del trauma se debe al reconocimiento y al estudio de las secuelas sufridas por los veteranos de Vietnam. En la medida que se ha ido produciendo un reconocimiento de los efectos abrumadores que pueden producir situaciones como la vivencia de desastres naturales, de guerras, de terrorismo, de tortura, de maltrato, de abuso infantil, de violencia doméstica o de género, se ha ido reconociendo que existe una reacción humana universal al estrés abrumador y continuo.

Leyendo esto podemos deducir, “ah bueno, yo estoy libre de haber vivido un trauma”, sin embargo, las cosas no son tan simples.

¿Cuándo una herida se convierte en un trauma?

Si bien es cierto de que no todas las heridas dejan huella, y muchas de ellas se sanan, se curan y esas experiencias pasan a fomentar, fortalecer o crear nuevos recursos que nos ayudarán ante experiencias potencialmente traumáticas posteriormente, no siempre esto es así.

Nos podemos preguntar ¿y esto de que depende?  Fundamentalmente de tres aspectos: de la intensidad del evento, de su duración y de los recursos que tenemos tanto a nivel individual como familiar y grupal.

Entonces, ¿cuándo una herida se convierte en un trauma? Citando a Rachel Yehuda, entendemos el trauma psicológico como “un hito, un evento que de alguna manera divide a la vida en un antes y un después”. Interesante ya que estamos escuchando una y otra vez, que esta situación de pandemia nos va a cambiar, que nada volverá a ser exactamente como antes. Según Van der Kolk, un referente en el terreno del trauma: “El trauma se produce cuando los recursos internos y externos son insuficientes para hacer frente a una amenaza externa”.

¿Cuál es la etapa de mayor vulnerabilidad?

Nos podemos preguntar en qué momentos somos más indefensos, en que momentos nos pueden afectar más lo sucesos, en que momentos tenemos menos recursos y control sobre las cosas que nos suceden. La respuesta está clara en la infancia y cuanto más pequeños somos, menos recursos internos, menos capacidad de maniobra y más vulnerable somos.

Así pues, la infancia es la etapa de mayor vulnerabilidad frente al trauma, y cuando más efectos puede tener la exposición a una experiencia traumática o la exposición a un estrés continuo, ya que el cerebro está sin formar y el imparto recae sobre estructuras cerebrales inmaduras que pueden verse condicionadas en su desarrollo.

Esto implica que situaciones que pueden pasar inadvertidas para una persona adulta, una pérdida de un abuelo o abuela, no alcanzar algunos hitos madurativos en el momento que se espera, sufrir la llamada de atención o descalificación de profesores, profesoras o compañeros y compañeras, u otras situaciones aún más abrumadoras que no son detectadas por las personas adultas pueden estar generando un malestar que puede llegar a afectar en el desarrollo tanto psicológico, repercutiendo en  la imagen que el niño o la niña va creando o en la confianza que percibe en los demás o en el entorno,  como a nivel neurofisiológico. Los padres y las madres debemos ser conscientes de que la infancia y sus conquistan son desafíos contantes, llegar a andar, montar en bicicleta, aprender a leer, escribir, relacionarme en grupo, separarme de las figuras de apego, adentrarme en el mundo, ya son desafiantes y generan un nivel de estrés.  Igual ocurre con la adolescencia, hacerme un sitio entre mis iguales, entender, acompañar mis cambios de imagen, internos, mi cerebro (que parece haber decidido reorganizarse y tirar lo que no le sirve), todo esto puede ser abrumador y estresante.

Con esto no quiero decir que tenemos que solventar los problemas de nuestros hijos e hijas y adolescentes. No, pero sí los tenemos que inferir, ayudarles a organizar lo que viven y ayudarles a regular y calmar su malestar.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos e hijas?

Si tenemos en cuenta a lo que los niños, niñas y jóvenes están expuestos en su desarrollo y le sumamos ahora el estrés pandémico y además, que ya no disponen de las salidas habituales que anteriormente les proporcionaban bienestar, quizás nos ayude a mirarlos de otra forma y fijarnos en aspectos que pueden estar pasando desapercibidos.

La diferencia fundamental respecto a las personas adultas es que su cerebro continúa madurando y por lo tanto son más sensibles y vulnerables ante el estrés. Si se encuentran fuera de su ventana de tolerancia, nos lo van a transmitir a través de sus conductas, enfados, exigiendo más atención, rabia, irritabilidad, y como personas adultas nos toca ser sensibles, verlo, dotar esas conductas de significado y buscar formas de ayudarles a experimentar placer y seguridad, para ello nos tendremos que implicar activamente.

¿Es un buen momento para preguntarnos cómo viven los niños, niñas, jóvenes, y por supuesto no nos olvidemos de nosotros y nosotras mismas, el impacto de la pandemia, de las medidas de seguridad? Adelanto que no sirve la respuesta normal o se han acostumbrado, o es lo que hay.

No sirve porque todos y todas llevamos muchos meses manejando este estrés continuo, y sus consecuencias, alguna de ellas como la fatiga pandémica que ha acuñado la OMS, ante el agotamiento y desgaste del estrés continuo al que estamos sometidos y aunque creamos que estamos acostumbrados, acostumbradas no deja de tener sus efectos.

Suelo decir que, aunque nos acostumbremos a llevar un bloque de sobrepeso sobre nuestras espaladas, incluso aunque hayamos dejado de percibirlo, no significa que no esté ahí y que no vaya dejando una huella en nuestra musculatura y esqueleto.

Estos días anodinos y grises que se repiten en un continuo sin diferenciar estaciones, fiestas comarcales o rituales populares quedan como suspendidos y nos llevan a un estado particular de desánimo y enfado, donde nuestros recursos parecen que se han ido por el sumidero, si somos padres o madres incluso nos podemos sentir agotados, agotadas de ingeniar tantas actividades. Estamos ante una situación de desgaste de recursos y quizás creatividad para seguir lidiando con está situación. La esperanza de la vacuna se ve empañada porque seguimos con una actividad social limitada.

Nos toca seguir animándonos cada día a autocuidarnos, a sonreír, a propiciar el deporte, el contacto con la naturaleza, a buscar espacios de intimidad segura. Si somos padres o madres, a ser capaces de ponernos la mascarilla de oxígeno, como nos indicarían las azafatas, primero nosotros, nosotras y luego a nuestros hijos e hijas. Esa es la garantía de poderlos atender adecuadamente. Los padres y las madres nos convertimos en los amortiguadores de las experiencias adversas de nuestros hijos e hijas, comparten nuestros estados emocionales, nuestros miedos y alegrías, somos la mejor ayuda con la que pueden contar.

En el libro ¿Cómo puedo salir de aquí?, que acaba de ser reditado por la editorial Desclee de Brouwer , reflejo este movimiento de contagio emocional, en el dedico un capítulo al jardín emocional. En ese capitulo describo como una de las funciones de los padres y madres es cuidar diligentemente el jardín emocional de nuestros hijos e hijas. Jardín en el que crecen buenas y malas hierbas, las buenas al igual que las emociones positivas las debemos regar, cuidar y las malas, al igual que las emociones perturbadoras las debemos detectar y no permitir se expandan.  En el caso de las emociones negativas se correspondería con no permitir que se prolonguen y se cronifiquen.

Así pues, como padres y madres nos corresponde detectar las emociones, inferir los estados que están viviendo nuestros hijos e hijas, nuestros alumnos y nuestras alumnas, en esta situación de pandemia o cualquier otra y cuidar, conectar, redirigir a otros estados más agradables y de seguridad.

Cristina Cortés Viniegra, psicóloga especializada en infancia, trauma y apego

El dispositivo “ADI” de atención psicológica  inicia su andadura en el estado de alarma con motivo de la crisis sanitaria provocada por el Covid-19.

Esta destinado a atender personas en situación de vulnerabilidad, como son las personas  mayores, cuidadoras de personas dependientes, personas en situación vulnerabilidad social,  de exclusión y también como apoyo y complemento a diversos servicios y programas ya existentes .

ADI está ofreciendo atención psicológica especializada a las personas usuarias para que afronten problemas emocionales y/o psicológicos derivados de la situación de pandemia o agravados por ella, y   acompañando situaciones de aislamiento y detectando situaciones que puedan requerir apoyo psicológico.

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