Hogares y COVID19

Estudio “Hogares y COVID19: el impacto y los retos a los que nos enfrentamos las familias de Bizkaia”

Este vídeo de animación que acabas de ver es el estudio que BBK Family presentó en diciembre: Hogares y COVID 19: el impacto y los retos a los que nos enfrentamos las familias de Bizkaia.

En dicho estudio participaron alrededor de 1000 personas y se analizaron las relaciones familiares y el bienestar emocional; el trabajo y el cuidado junto con la conciliación; los estudios y la formación en este período; así como el ocio y las relaciones sociales.

Durante la presentación, además de exponer los resultados, Roberto Aguado, especialista en psicología clínica, Ana Martínez Pampliega, catedrática de psicología y profesora de la Universidad de Deusto; Israel Alonso, doctor en pedagogía y profesor de la UPV/EHU; y Sara Moreno Colom, doctora en sociología y profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, fueron desgranando cuales son los retos a los que nos enfrentamos las familias tras el confinamiento con el COVID 19.

A continuación os dejamos un resumen de las conclusiones y los retos que nos expusieron los y las profesionales.

En primer lugar cabe destacar que la experiencia del confinamiento reportó aprendizajes y elementos positivos, tanto a nivel personal como familiar, entre los que llaman la atención:

A nivel familiar y de relaciones sociales: las personas consultadas destacan la oportunidad que el confinamiento ha supuesto para aumentar la comunicación con las y los familiares, pasar más tiempo y estrechar el vínculo afectivo con ellas y ellos, tomar mayor conciencia sobre el valor en términos de bienestar emocional que tanto las relaciones familiares estrechas como las relaciones sociales con amistades, otras y otros familiares no convivientes reportan. Parece que en general son las mujeres quienes han destacado estos aspectos en mayor medida que los hombres y especialmente quienes tienen entre 40 y 50 años.

A nivel de bienestar personal: las personas que participaron en el estudio señalaron haber experimentado una mejora en su capacidad de adaptación, en relación con el cambio de hábitos que redundan en una mejor gestión del tiempo, haber tenido la oportunidad de vivir de forma más tranquila a lo habitual y con ello han podido experimentar una mayor conexión personal, conocerse más por dentro, reconectar con la satisfacción de llevar a cabo actividades cotidianas que con frecuencia se habían relegado a un segundo plano como cocinar, leer, etc. Este tipo de cuestiones han sido apuntadas sobre todo por la población de menos edad.

A otros niveles: la población de Bizkaia también apuntó como algo especialmente positivo la ola de solidaridad generada durante el confinamiento y los beneficios derivados del teletrabajo como método que permitió conciliar la vida laboral con la personal y familiar y también aprender nuevos recursos y herramientas virtuales, etc.

Sobre las relaciones familiares y el bienestar emocional:

Durante el confinamiento en muchos casos las relaciones familiares han sido positivas, en tanto que han supuesto un periodo de conexión y reconexión familiar. Siguiendo la estela de diversos estudios internacionales, a nivel global niñas, niños y adolescentes destacan que lo mejor del confinamiento ha sido pasar más tiempo con sus familiares. Por otro lado, también se constata como aspecto positivo que las familias hayan mostrado resistencia y resiliencia ante la adversidad.

No obstante, es importante prestar atención a las familias que lo han vivido de otra forma y que han presentado dificultades, porque la crisis no ha sido solo sanitaria y ha impactado en algunos aspectos del bienestar familiar. Las tensiones en algunos hogares durante el confinamiento han sido sistemáticas y se han producido en cascada, en tanto que, cuando una persona de la unidad convivencial se ha sentido afectada, ha afectado al resto de las personas en el hogar.

Además, la diversidad familiar conlleva considerar múltiples miradas en relación con las tensiones que han surgido en el seno de las familias, ya que no son iguales las relaciones familiares en hogares sin personas menores de edad, monoparentales, con más de una niña o niño, en función de la edad de las hijas e hijos, etc. En este sentido, cabe insistir en la necesidad de prestar atención a aquellas realidades invisibilizadas que a menudo no quedan suficientemente reflejadas en los datos estadísticos, en las medias, etc.

Entre los factores que más tensión ha causado a las familias durante el confinamiento, destacan:

-El miedo a la enfermedad, miedo a no poder despedirse ni acompañar a las personas allegadas que están enfermas, miedo al contagio, etc.

-La soledad que se ha vivido en algunos hogares, como es el caso de las personas mayores que no han podido pasar tiempo con sus nietas y nietos, hijas e hijos, etc.

-Los problemas de convivencia por la disputa del uso de los espacios comunes en el hogar, bien para teletrabajar, bien para seguir las clases, etc.

-La dificultad para acceder a los Servicios Sociales, como es el caso de las familias que han tenido que atender en solitario de personas dependientes (personas con discapacidad, personas con grandes necesidades de apoyo para el desarrollo de la vida diaria…).

-La dificultad para acceder al Sistema de Salud ante problemas médicos no relacionados con la COVID19.

-El cierre de los centros educativos y también, de los servicios vinculados a los mismos (comedores, actividades extraescolares…).

-La incertidumbre económica en general y la estabilidad laboral en particular, el miedo a perder el trabajo.

A pesar de que a nivel relacional las familias han experimentado ganancias, estas tensiones han tenido un impacto físico y psicológico negativo en muchas personas que han sufrido insomnio, alteraciones de sueño, alteraciones en la alimentación, dolor de cabeza, nerviosismo, cansancio, etc. Como consecuencia, durante el confinamiento ha aumentado de forma notable el consumo de psicofármacos. Debemos preocuparnos de que estos malestares no se cronifiquen, porque en caso de cronificarse pueden suponer problemas de salud mental.

Uno de los colectivos que se han visto especialmente tensionados es el de las personas adolescentes y jóvenes, que han sentido en gran medida la desconexión social de sus amistades y grupo de pares, y sobre los que pesa sobremanera la incertidumbre que genera las previsiones de crisis económica y de destrucción de empleo.

La pandemia también ha tenido un impacto social específico sobre el bienestar de las personas que asumen la responsabilidad de los cuidados. Dado el contexto de desigualdad estructural preexistente en relación con el reparto de estas tareas, puede decirse que la crisis de la COVID19 ha impactado con más fuerza sobre las mujeres.

En particular, cabe tener presente todos aquellos sectores esenciales, ocupados mayoritariamente por mujeres y que durante el confinamiento han tenido un papel clave: sanitarias, limpiadoras, trabajadoras de supermercados, etc. Ellas han sentido con mayor peso las tensiones derivadas tanto de la crisis de cuidados como del confinamiento. Además, la vulnerabilidad de las mujeres se ha visto acrecentada en aquellos casos en los que confluyen diferentes variables que producen discriminación, como es el caso de las mujeres migrantes, mujeres con alguna discapacidad, etc.

La crisis generada por la Covid19 también ha puesto el foco sobre otros muchos “virus” vinculados con la desigualdad que ya existían. En primer lugar, cabe mencionar la violencia en los hogares. Muchas mujeres víctimas de violencia machista se han visto aisladas con su agresor en el hogar y en este contexto, muchas niñas, niños y adolescentes han presenciado y sufrido violencia.

En segundo lugar, el impacto en la salud que la COVID19 ha tenido en las familias socioeconómicamente más vulnerables también resulta preocupante. La destrucción de empleo originada por la pandemia está afectando especialmente a profesiones ocupadas por personas con escasos recursos o un nivel socioeconómico bajo. Cabe tener presente que algunos hogares han limitado la compra de dispositivos de protección como las mascarillas; algunas familias no han podido habilitar espacios de seguridad con personas contagiadas en el hogar; otras familias han estado confinadas en viviendas con problemas de habitabilidad, etc.

En suma, las familias con vulnerabilidades previas han sufrido más, por eso algunas familias necesitan más ayuda que otras. Apoyar el bienestar y la calidad de vida en los hogares pasa por una intervención de diferentes profesionales coordinada, en el que participen tanto agentes institucionales como entidades sociales y redes comunitarias de solidaridad.

¿Qué retos se nos presentan en el ámbito de las relaciones familiares y el bienestar emocional?

Es fundamental trabajar los vínculos emocionales inter-parentales y familiares en los hogares, para que las familias sepan gestionar las emociones. Se han de proporcionar herramientas emocionales para que las y los progenitores ayuden a sus hijas e hijos en un clima y contexto emocional adecuado. La angustia y el pesimismo de padres y madres pueden ser trasladados a hijas e hijos, pero también es posible contagiar el optimismo.

• También resultará clave apoyar todos aquellos vínculos familiares que amortigüen la aparición de hostilidades entre familiares. A veces, cuando una niña, niño o adolescente se encuentra en una familia en la que hay problemas a nivel interparental, contar con el apoyo de sus hermanas o hermanos, abuelas y abuelos u otros familiares resulta clave en esa amortiguación.

• Hay que prepararse para la alta prevalencia de trastornos mentales susceptibles de aparecer a corto y medio plazo. Habría que invertir en salud mental familiar. Al respecto, convendría aprovechar los recursos y resiliencia de muchas familias, para no caer en una intervención exclusivamente farmacológica.

• Es necesario dotar de cohesión a las familias ante la pérdida de rutinas y rituales que generan vínculo y apego. A nivel global se han visto afectadas las rutinas (vestirse, organizarse, el reparto de los cuidados etc.) y los rituales (vacaciones en familia, celebraciones de nacimiento, enlaces matrimoniales, muerte, etc.) y este hecho ha generado que las familias hayan tenido que renegociar las reglas familiares.

• Considerando que la crisis de la COVID19 ha afectado el vínculo de algunas parejas, se ha de trabajar en rupturas y divorcios que no sean disruptivos y, en especial, empoderar las relaciones parentales protegiendo el bienestar de las niñas, niños y adolescentes.

• Habría que avanzar en la identificación de las nuevas violencias surgidas en el seno de las familias durante el confinamiento. Algunas personas se han visto con altos niveles de ansiedad y han podido producirse relaciones bastadas en la hostilidad y generarse episodios de violencia situacional.

• Se han de favorecer las narraciones que impliquen diálogos de esperanza, que den coherencia y cohesión y que permitan a todos los miembros de una familia sentirse responsables y corresponsables. En este contexto, también se ha de explorar la potencialidad que ofrece la comunicación entre familiares, como es el caso de las relaciones presenciales virtuales (virtualidad sincrónica).

• Es un momento propicio para poner la mirada más allá del núcleo familiar propio y promover la solidaridad entre los hogares. Sería interesante apoyar las redes comunitarias dado su importante papel en relación con el bienestar familiar y aprovechar la ola de solidaridad surgida durante la pandemia en clave local y comunitaria.

• Resulta fundamental reforzar los programas y políticas de parentalidad positiva, para ayudar a padres y madres a cuidar y proteger a sus hijas e hijos, especialmente en un momento de gran incertidumbre como el actual.

Sobre la escuela y la formación:

En el contexto actual, marcado por altos niveles de volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad cuidar del bienestar emocional cobra especial importancia.

Durante el confinamiento el alumnado ha sentido miedo a no aprender bien y miedo a suspender, pero no siempre se ha prestado suficiente atención al hecho de que el rendimiento académico tiene mucho que ver con las emociones de las y los alumnos.

Por otro lado, las familias que no han tenido herramientas para gestionar las emociones de sus hijas e hijos se han visto tensionadas en relación con el seguimiento y apoyo académico que han prestado.

Los centros escolares por su parte, también han vivido con mucha ansiedad el momento del confinamiento y han sentido miedo ante una situación inesperada y desconocida en la que han tenido que poner a prueba su capacidad de adaptación. Mientras que algunas personas educadoras se han adaptado satisfactoriamente otras se han visto superadas por la situación.

Son muchos los estudios que muestran que la eficacia en el estudio guarda relación con diversos factores tales como la familia (las relaciones entre sus miembros, la relación de la familia con el profesorado y el centro educativo), la relación entre la persona docente y el alumno o la alumna, la arquitectura (los medios materiales)… pero por encima de todos ellos el factor que presenta mayor asociación con la eficacia es el clima en el aula. Por eso, aun cuando no se han podido impartir las clases en el espacio físico de la escuela, quienes han prestado atención a este factor del clima a través de las pantallas (clases virtuales) han conseguido mejores resultados.

Es clave, bajo cualquier circunstancia pero más aún en un contexto de pandemia, que las personas educadoras, a la hora de impartir conocimientos, midan y se preocupen del clima emocional del alumnado. En aquellos casos en los que las y los profesores han realizado un mayor acercamiento a la familia y han hecho un seguimiento emocional de las y los alumnos, se ha notado una mejoría no sólo en relación con las calificaciones, también en otros aspectos como el absentismo escolar, etc.

Cuando antes de comenzar con los contenidos no se atiende este aspecto, se genera tensión en el seguimiento educativo de las y los estudiantes. Además, es importante considerar que no todo el alumnado tiene las mismas necesidades y que hay una parte del alumnado que puede presentar problemas (personas que presentan rigidez en emociones desagradables como la tristeza, rabia, asco…) o dificultades de aprendizaje que no podrán ser detectados y atendidos adecuadamente si no se enfocan.

Durante el confinamiento también se han visibilizado ciertas carencias del sistema educativo en relación con las necesidades específicas de las niñas, niños y adolescentes con dificultades de aprendizaje. La experiencia a la hora de seguir las clases virtuales no ha sido la misma para todo el alumnado y se han echado en falta estrategias más sensibles a la diversidad.

¿Qué retos se nos presentan en el ámbito educativo?

• Es necesario cuidar y cultivar las emociones en el entorno escolar porque tiene beneficios positivos sobre el grado de rendimiento y puede ayudar a evitar el fracaso académico. En este sentido, es necesario estar atento y comprender las diversas necesidades emocionales de todo el alumnado y conseguir crear un clima propicio para el aprendizaje en las aulas.

• En ocasiones no es tan importante aprender como desaprender. La clave para conseguir climas apropiados para el aprendizaje en las aulas está en remover aquellos obstáculos o condicionantes relacionados con las conductas adversas, con la cronicidad en la rigidez emocional, etc.

• En la medida en que la salud mental puede ser entendida como la capacidad de poder responder emocionalmente de manera flexible, lo que conlleva poder cambiar de una emoción a otra de forma equilibrada, convendría combatir la rigidez emocional, posibilitando que las personas estudiantes sean emocionalmente flexibles.

Es importante socializar, especialmente entre las y los profesionales del ámbito educativo formal y no formal pero también entre las familias, que las emociones desagradables no son necesariamente negativas, todas las emociones son útiles (llorar, enfadado, tristeza, rabia, etc.) cuando el contexto es el adecuado y lo fundamental es saber transitar por ellas.

• Las relaciones de cercanía y confianza con las familias y la implicación del profesorado en el seguimiento y acompañamiento del alumnado, más allá de la trasferencia de contenidos, funciona y tiene efectos positivos, por ello hay que trabajar más en esta línea. Se ha venido invirtiendo en infraestructuras y metodologías pero puede ser aún más importante invertir en formación y vinculación del profesorado.

Sobre el trabajo, la conciliación y los cuidados:

Cuando las personas asumen muchas responsabilidades en los cuidados, tienen poca disponibilidad para realizar otras actividades fuera del hogar, como son el trabajo remunerado, la militancia política, la vida social, la práctica deportiva, etc. Por el contrario, cuando una persona se muestra muy disponible en el mercado de trabajo o en el ámbito sociopolítico, tiene menos disponibilidad para asumir tareas dentro del hogar. De esta forma puede decirse que la esfera pública y la esfera privada actúan como vasos comunicantes. La distribución de responsabilidades de una u otra esfera entre mujeres y hombres es desigual y responde a una división sexual del trabajo que lleva muchos años acomodada y que persiste gracias a una socialización diferenciada por razón de género.

El confinamiento ha venido a evidenciar algunas situaciones de desigualdad que ya existían en los hogares y en algunos casos se han reforzado estas desigualdades.

Los datos recogidos muestran que las mujeres han dedicado más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y al de cuidados, si bien los hombres han aumentado su dedicación de forma segregada, haciéndose visibles en aquellas tareas domésticas vinculadas con el espacio público.

Cabe destacar que durante el confinamiento, salir al espacio exterior (para hacer las compras o sacar al perro) se ha entendido como un privilegio, y ha sido realizado mayoritariamente por los hombres. En general, las mujeres han seguido asumiendo las actividades más rígidas, como cocinar cada día, lavar y desinfectar más. Se trata de un trabajo de gestión, de pensar y de no repetir.

Así mismo, los hombres se muestran más satisfechos que las mujeres con el reparto de las tareas domésticas, ya que los hombres valoran más su dedicación que las mujeres, en un contexto en el que ellas ya venían asumiendo esta carga. Además, a menudo, la simple voluntad de hacer brinda a los hombres el privilegio de escoger el tipo de tareas que más les apetecen (como por ejemplo, aquellas tareas vinculadas con el exterior durante el confinamiento).

En cuanto al teletrabajo, los datos recogidos reflejan que buena parte de la población encuestada reconoce que le ha ayudado a conciliar. Sin embargo, no puede perderse de vista el hecho de que solo la población mejor situada en el mercado laboral, o la más cualificada, ha podido teletrabajar (los servicios esenciales no han podido hacerlo, los trabajos menos cualificados tampoco…).

Entre quienes sí han podido teletrabajar, parece que la idea del teletrabajo es más atractiva que la experiencia del teletrabajo. Además, el complicado momento del confinamiento, en el que se ha fusionado el ámbito doméstico, con el laboral y el familiar, no ha supuesto los mismos costes para todas las personas del hogar. Ha sido más duro y más conflictivo para quienes han sentido la responsabilidad del ámbito doméstico y familiar.

Mayoritariamente las mujeres han percibido más costes en términos de tensión y sobrecarga que los hombres: la estrategia de conciliación de muchas mujeres que han teletrabajado durante el confinamiento ha pasado por postergar su jornada laboral a horarios distintos al habitual como por la noche, de madrugada… mientras que muchos hombres han conseguido un espacio blindado a la hora de trabajar en casa, lejos de los espacios comunes y protegido de interrupciones.

Al principio del confinamiento se planteó la idea de que la experiencia del teletrabajo a raíz de la crisis sanitaria podría favorecer un cambio hacia una sociedad más comunicativa, corresponsable, que pone la vida en el centro y donde se da más valor a los cuidados. Nueve meses después es preocupante constatar que apenas se habla de dicha oportunidad y sin embargo, se anhela regresar a la “normalidad”, una situación anterior a la COVID19 en la que los niveles de corresponsabilidad dejaban mucho que desear.

¿Qué retos se nos presentan en el ámbito del trabajo, conciliación y cuidados?

• Es necesario reflexionar si el modelo de conciliación deseado es el del teletrabajo. Hay que articular un modelo de teletrabajo, pensando que se trata de una modalidad y no de una herramienta para conciliar, ya que se corre el riesgo de feminizar el teletrabajo. Previamente ya se han feminizado los trabajos a tiempo parcial, o la reducción de jornada, y si se favorece el teletrabajo como un modelo de conciliación, correrá igualmente el riesgo de feminizarse. Asimismo, cuando las mujeres se encuentran fuera de sus centros de trabajo, corren el riesgo de situarse fuera de los espacios de decisión y de poder, lo cual puede suponer un obstáculo para su desarrollo profesional.

• Hay que trabajar para que la corresponsabilidad en el reparto de las tareas sea una realidad. Ha habido una oportunidad perdida para aumentar la corresponsabilidad durante el confinamiento, y resulta urgente avanzar en términos de igualdad y equidad que reviertan la actual situación de desigualdad.

• La ausencia de las mujeres en otros ámbitos se explica por su sobre carga en el hogar. El cambio hacia una sociedad más corresponsable tiene que ser individual, pero tendrá que ir acompañado también, de un proceso social y político para que pueda ser satisfactorio.

Sobre el ocio y las relaciones sociales:

El confinamiento ha sido una etapa en la que ha sido necesario “surfear olas”, se han producido estados de ánimo muy cambiantes y por supuesto, no todos los hogares han tenido las mismas capacidades para afrontar la situación, pero en cierto modo puede decirse también, que en general, durante el confinamiento las familias han generado y disfrutado de un ocio más humanista en clave de cuidado, bienestar y justicia social.

En este momento de crisis, han sido las propias familias las que han tenido que encontrar un sentido a la nueva situación sobrevenida y establecer los mecanismos para hacerle frente. Este contexto ha llevado a jerarquizar las prioridades personales y familiares con cierto movimiento natural de adaptación en los hogares, adquiriendo diferentes rutinas como el ejercicio físico en el hogar, los descansos, los juegos en familia y, sobre todo, la importancia de las relaciones sociales, que se han colocado en un lugar central del ocio de las familias. Ante esta situación crítica, donde se han tambaleado las certezas e inercias, las familias se han volcado en cuidar las relaciones con el exterior, ya que representan un nexo de unión con lo cotidiano.

Ha sorprendido la alta capacidad de adaptación y transformación de las niñas y los niños durante el confinamiento, mientras que las y los adolescentes quienes han vivido una mayor tensión al ver sus relaciones sociales y espacios de ocio y encuentro limitados. Además de las relaciones sociales, el deporte y la naturaleza han sido dos ámbitos que las familias han echado especialmente en falta.

A pesar del miedo e incertidumbre se han activado encuentros que antes no se daban. La pandemia ha generado relaciones informales, donde destaca la importancia de lo comunitario, apareciendo como novedad una mayor interacción con las personas más próximas al hogar, como han sido las vecinas y vecinos. Así mismo, el confinamiento ha sido el momento en el que las familias se han visto en una situación similar, resultando más fácil empatizar con el resto y generando un movimiento de solidaridad importante.

¿Qué retos se nos presentan en el ámbito del ocio y las relaciones sociales?

• Habría que entender los espacios de relaciones y de ocio como servicios esenciales, fomentando la participación e implicación de las familias en su construcción y adaptación. En concreto, considerar a las niñas, niños y adolescentes como parte activa de la construcción de estos espacios, transformándolos también en lugares seguros y de escucha activa, e incluir sus emociones y frustraciones en este diseño compartido.

• Convendría incorporar y mantener los aprendizajes positivos adquiridos conjuntamente durante el confinamiento por parte de las familias, poniendo de relieve la importancia del trabajo en red con otras organizaciones, servicios sociales, centros educativos, ayuntamientos, etc. en clave de prevención y desarrollo de protocolos de actuación conjunta.

Debe ser prioritario retomar el trabajo en la educación no formal como espacio de aprendizaje clave, asumiendo la importancia de estos espacios para las familias y desarrollo de las niñas, niños y adolescentes a nivel educativo, deportivo, de ocio, de relaciones sociales… En este sentido, también resulta fundamental recuperar la conexión con el deporte y la naturaleza, tratándose de espacios restringidos durante la pandemia.

• Es necesario reflexionar sobre el papel e impacto que desempeñan las nuevas tecnologías en las familias, así como los efectos de una conexión cada vez más permanente a internet, smatphones, etc.

• Hay que visibilizar a las familias más vulnerables y apoyarlas, creando espacios de relación y acercamiento más allá del colegio y la escuela, para evitar que haya familias que estén solas y desconectadas. Está en juego la inclusión, las desigualdades sociales e incluso el éxito escolar y la sociedad a construir.

• Es necesario preservar los espacios comunitarios surgidos en la pandemia y hacer partícipes a los hogares del movimiento de solidaridad surgido, promoviendo su dimensión de transformación y cambio social.

Estos fueron los retos que se plantearon tras interpretar los datos del estudio en la presentación. Si quieres puedes descargarte el estudio, o si lo prefieres puedes descargarte un resumen del mismo.

También puedes ver la presentación del estudio que se realizó el pasado 17 de diciembre y contó con la presencia de Roberto Aguado, especialista en psicología clínica, Ana Martínez Pampliega, catedrática de psicología y profesora de la Universidad de Deusto; Israel Alonso, doctor en pedagogía y profesor de la UPV/EHU; y Sara Moreno Colom, doctora en sociología y profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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