niño cosiendo

En las familias también está el cambio

Vivimos tiempos inimaginables, tiempos en los que la pandemia no solo está limitando nuestras libertades, sino que también, está evidenciando algo que llevan visibilizando las organizaciones feministas desde hace mucho tiempo: la crisis de los cuidados como espejo en el que se reflejan todas las desigualdades entre hombres y mujeres todavía presentes en nuestra sociedad.

Esta pandemia no ha tenido iguales consecuencias para mujeres y hombres. Son ellas las que más han sufrido sus efectos adversos, sobre todo en los salarios que se han reducido en un 14,9% frente al 11,3% de los hombres. Además la pandemia ha vuelto a evidenciar la falta de mujeres en órganos de responsabilidad, o el hecho de que las mujeres ocupan  trabajos más precarizados y asumen otros, como los de cuidados y los relacionados con la gestión del hogar, por los que no cobran ni un céntimo. Se ha hecho patente una realidad: que uno de los pilares más importantes para el sostenimiento de nuestras vidas, el de los cuidados, está roto.  Nada nuevo para muchas de nosotras, que llevamos señalando desde hace mucho tiempo  que este sistema carece de igualdad y se sostiene exclusivamente por millones de mujeres a las que se nos ha “impuesto” el cuidado como modo de vida. Si hablamos de violencias machistas las cifras son todavía peores. Según datos del Instituto de la Mujer una de cada cinco mujeres sufrieron violencia física o sexual por parte de parejas o exparejas, cifras que el confinamiento empeoró, al obligar a convivir a las víctimas con sus agresores.

Pero, ¿Cómo combatir las desigualdades que sufrimos las mujeres desde nuestro espacio más cercano, el del ámbito familiar?

Quizás debamos empezar a  plantearnos en serio que la familia es un ámbito privilegiado en el que plantar  la semilla del ansiado cambio social que traiga consigo la igualdad real. En el seno de ese grupo primario de socialización que constituye la familia, es necesario romper con los valores tradicionales transmitidos acerca de lo que es bueno o malo según el género al que pertenezcas. 

Hay también que superar los rígidos estereotipos con los que se nos marca desde la infancia  según seamos niñas o niños. La lucha en pro de la  igualdad persigue que, tanto unas como otros, tengan las mismas oportunidades, obligaciones y derechos para desarrollarse como personas. Debemos alejarnos de los cánones establecidos sobre “el modelo de familia” hegemónico y heteropatriarcal y basarnos en un modelo que sea más democrático y que promueva la parentalidad positiva, es decir, que propicie relaciones nutritivas en la familia,  garantizando los derechos de las niñas y niños y promoviendo su desarrollo y bienestar personal y social.

Entonces, ¿Qué actitudes podemos poner tener en la familia en pro del cambio?

-No utilizar etiquetas sexistas.
-Ser modelos, se trasmite más con los actos que con lo que se dice.
-Fomentar la igualdad en las tareas del hogar.
-Impulsar los deportes y las actividades que desarrollen su talento desde una perspectiva no sexista.
-Criar a nuestros hijos como a nuestras hijas. La masculinidad, al igual que la feminidad, son construcciones sociales y, como los roles y  estereotipos, se forman a través de múltiples aprendizajes y experiencias.
-Dotar a nuestros hijos de referentes y modelos alternativos a la masculinidad dominante
-Educar también a los niños en el feminismo, hacerles seres autónomos.
-Fomentar en los niños una conciencia crítica que les permita detectar y rebelarse contra situaciones de discriminación, enseñarles a dialogar, a ser empáticos, a manejar las emociones adecuadamente.

No hay duda de que la familia (entendida ésta como  espacio de amor, cuidado, desarrollo  y  crecimiento que trasciende los estrechos límites de la familia hegemónica y tradicional) es el primer y más importante espacio de desarrollo personal y de socialización para  niños y  niñas. Es el ámbito en el que aprenden a vivir en sociedad y en el que se desarrollan como personas.

Corremos el peligro de que el cambio educacional que se está produciendo en el seno de muchas familias esté focalizado sólo en una dirección: el de las niñas. Hemos empezado a educar  a nuestras hijas en la libertad de ser lo que quieran ser (astronautas, bomberas, científicas…) y no en aquello que la sociedad, la familia y la cultura tradicionales todavía les intenta imponer. Hablamos a las niñas de otros modelos no estereotipados y les mostramos que pueden ser valientes, fuertes, combativas, delicadas o brutas, recordándoles que no hay que vivir con miedo y  que la calle y la noche también son de ellas.

Pero, ¿qué les transmitimos a los niños?  Decía Gloria Steinem que hemos “comenzado a criar a nuestras hijas más como a nuestros hijos, pero no funcionará (la igualdad real) hasta que criemos a nuestros hijos más como a nuestras hijas”. Sinceramente, creo que tiene mucha razón. La masculinidad, al igual que la feminidad, son construcciones sociales y,  como los roles y  estereotipos, se forman a través de múltiples aprendizajes y experiencias.

Los niños  no son agresivos, insensibles o competitivos por naturaleza. Construyen esta identidad, en gran medida tóxica y limitante para ellos, a través de la cultura patriarcal que atraviesa a toda la sociedad. Si queremos una sociedad más justa e igualitaria, tenemos que romper con los estereotipos también desde el ámbito familiar. Tenemos que educar, también a los niños, en el feminismo, hacerles seres autónomos, liberarlos de la construcción de género y de los roles que nos son impuestos  como hombres o mujeres. El cambio social que permita la consecución de esa igualdad real que tanto anhelamos, requiere también del protagonismo de los niños.

Por ello, debemos brindarles la oportunidad de salir de los estereotipos masculinos establecidos, dotándolos también de referentes y modelos alternativos a la masculinidad dominante, para facilitarles la posibilidad de vivir experiencias más igualitarias, empáticas y liberadas del mandato de género. Educar a los niños en igualdad y alejados de los roles de género impuestos por la cultura patriarcal, supone ofrecerles oportunidades de crecimiento positivas, fomentar en ellos una conciencia crítica que les permita detectar y rebelarse contra situaciones de discriminación, enseñarles a dialogar, a ser empáticos, a manejar las emociones adecuadamente.

Sin duda una tarea, la de las familias, difícil de ejecutar debido sobre todo a las fuerzas hegemónicas contra las que luchamos, dedicadas en cuerpo y alma a frenar el progreso moral y social que anhelamos y que, lamentablemente, cuentan con altavoces privilegiados para proyectar sus retrógrados mensajes. Difícil pero no imposible, se trata de no desistir y de actuar guiándonos por la convicción de que nuestra tarea merece la pena. Invito a todas esas familias comprometidas con el cambio hacia una  sociedad más igualitaria a romper con los estereotipos marcados a fuego para navegar juntas hacia la igualdad, concediendo el merecido protagonismo a las niñas, pero,   teniendo en cuenta de igual manera que el germen de la transformación social también está en los niños.

Eukene Arana, técnica de igualdad.

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