reto de la crianza

El reto de la crianza en tiempos de la modernidad líquida

Asistimos a un choque de trenes con respecto a la crianza y educación de los/las menores (al menos en el ámbito urbano y posmoderno). Por un lado, nos engulle un modo de vida que confunde el bienestar material con la felicidad y nos absorbe una cultura empobrecida emocionalmente. En el otro lado, se sitúan los/as niños/as, quienes precisan para su correcto desarrollo, un tiempo y una dedicación especiales por parte de progenitores devorados por un ritmo de vida hipnótico. Asistimos, en suma, a una confrontación entre la posmodernidad (movimiento sociocultural nacido en los 80) y las necesidades de los/las niños/as (las cuales fueron determinadas biológicamente hace millones de años).

Al nacer, el ser humano es extremadamente prematuro (su cerebro y su mente deben sofisticarse, desarrollarse). Este factor tiene su origen en la bipedestación homínida dentro del proceso evolutivo (al estrecharse las caderas, el/la bebé nacer “antes de lo debido”). El/la bebé sigue formándose fuera del cuerpo materno, cobrando crucial importancia su entorno y los vínculos que lo contienen. Esta particularidad exige un entorno de crianza prolongado y riguroso. Más de lo que creemos, más de lo que nos permite, en ocasiones, el día a día.

¿Qué precisan los/las menores para crecer sanos/as y disponer de una buena salud emocional el resto de su vida?

El ser humano necesita apegarse a sus cuidadores/as primarios/as de un modo seguro. Este vínculo proporciona al bebé seguridad y estabilidad emocional, lo cual conforma el epicentro desde el que adquirirá y desarrollará todas sus habilidades psicológicas y sociales básicas (la autorregulación emocional, la adquisición de un modelo mental funcional —sobre sí mismo/a, los demás y el mundo—, el logro de autonomía…). Con un apego seguro el/la bebé se sentirá protegido/a y se sabrá querido/a. Un apego seguro protege en gran medida ante los problemas de salud mental (tres cuartas partes de las enfermedades mentales se gestan durante la infancia y adolescencia), la insatisfacción vital y las dificultades en la relación con los demás.

Es importante efectuar una acotación dolorosa y sutil: debemos vincularnos con el/la niño/a del modo que éste/a necesite, nunca de la manera que precisemos los/as cuidadores/as y nuestras circunstancias. Abundan las contradicciones entre lo que yo necesito como persona adulta y lo que precisa el/la menor o, por ejemplo, entre lo que exige mi empresa y precisa el/la menor… El lugar donde se ponga el énfasis y la energía influirá en el devenir de los/as hijos/as.  

¿Es exagerado afirmar que se está descuidando la crianza en general?

¿Es alocado pensar que pretendemos adaptar un antiquísimo proceso, de hondas raíces biológicas, como es el desarrollo de los/as niños/as, al sistema económico y social en que vivimos?

Disparo algunos datos (no se me ocurre otro verbo). El Estado español es el tercero del mundo que más psicofármacos suministra a los/las menores. La primera causa de muerte “externa” (enorme eufemismo) en los/las adolescentes es el suicidio. Los números en salud mental infanto-juvenil crecen anualmente. Asistimos a fenómenos nuevos como la violencia de hijos/as hacia padres y madres. Aumentan las notificaciones de desprotección infantil. Crecen los casos de profesores/as “quemados/as” en el trabajo así como las incidencias extraescolares relacionadas con problemas de conducta en los/las menores, etc.

¿Existen más problemas de salud mental infantil?

La modificación del contexto familiar de los/as hijos/as ha sido vertiginosa y radical en las últimas décadas. Sin embargo, el lento desarrollo de los/las menores, así como sus necesidades psicológicas, han permanecido invariables desde hace cientos de miles de años. Es inevitable, que, ante tal desencuentro, que en este choque, el que lleve las de perder sea el más débil: el/la niño/a.

Enumeremos algunos de los factores de riesgo para la salud emocional de los/as menores.

Insuficiencia de políticas sociales de protección familiar. El permiso de maternidad-paternidad debería prolongarse hasta los dos años de edad del/a neonato/a (si atendemos a las neurociencias). Lo que el Estado cree ahorrar en permisos de maternidad/paternidad lo perderá a espuertas en bajas laborales y tratamientos vinculados con una mala salud mental.

Déficits en las políticas de conciliación, así como en el diseño de jornadas laborales que favorezcan el binomio “trabajo-cuidado de hijos/as”. Los/las menores no votan, no opinan, y los/as políticos/as son, por defecto, “cortoplacistas”.

La no incorporación, al ámbito doméstico y familiar, del hombre (en el caso de las parejas heterosexuales), en la misma medida que ha salido del mismo espacio la mujer.

Horarios intempestivos, a veces de ambos progenitores, donde se prima lo laboral y se delega la crianza.

Progenitores cada vez más tardíos (el nacimiento de los/las menores se sitúa más cerca de los cuarenta que de los treinta), con menos energía, más aislados socialmente (sin red familiar de apoyo), más saturados. Sin disponibilidad emocional o, incluso, física para con los/las menores.

Delegación de la crianza en los agentes externos. Observamos centros educativos que funcionan como guarderías (posibilitando el “depósito” de los/las menores incluso antes de su hora oficial de entrada), con comedores (no se almuerza o cena en familia, ya no se establece ese momento como el lugar de reunión y comunicación familiar). Las jornadas escolares son excesivas, más largas que nunca (una niña de 4 años pasa más tiempo diario en el aula que yo mismo cuando estudiaba en la Universidad) y se rematan con extraescolares. ¿Cuántas horas de su vida transcurren en el colegio? ¿Cuántas en casa? ¿Está el sistema educativo subyugándose y dando cobertura al neoliberalismo? ¿Nos cuidan a los niños/as, con la excusa formativa, mientras trabajamos?

Delegación, por parte de la familia, en los centros escolares, de la educación de los/las menores (además de la instrucción académica obviamente). Los valores, las normas, la autogestión… Conforman tareas ineludibles de los progenitores.

Degradación de los límites intrafamiliares. Los/as hijos/as son colegas o amigos/as.

Ausencia de tiempo compartido con los/las hijos/as (no se engañen pensando que la calidad del tiempo es lo importante, que también) donde se estimule, supervise, limite, se dé afecto, se conozca, se juegue, se aporte lo que el/la menor precise. Para eso necesitamos adultos/as con energía, salud mental, empáticos, que se coloquen temporalmente en un segundo lugar frente al más frágil, débil y dependiente. Se trata de una tarea ingente que precisa de apoyos cercanos.

La monomarentalidad o monoparentalidad como factor claro de riesgo (saturación), los conflictos de pareja, las separaciones mal llevadas (guerras a través de los/as hijos/as), la psicopatología en madres o padres.

Las soluciones efectivas para una infancia feliz deben centrarse en la sociedad y en la familia en su globalidad

Cuanto menor es el/la niño/a, más depende del entorno familiar. Los síntomas conforman un modo de relacionarse con los progenitores y con el mundo en general; constituyen un tipo de comunicación que indica que algo no marcha bien.

Lo mencionado en estas líneas constituyen reflexiones e ideales a perseguir. Una crianza perfecta es imposible, utópica y, a pesar de ello, nuestros/as hijos/as nos van a sobrevivir y ser felices en la mayor parte de las ocasiones. Como señaló Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos (…) ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Bittor Arnaiz Adrián. Psicólogo.

Programa de intervención psicosocial del Ayuntamiento de Bilbao. Agintzari Cooperativa de Iniciativa Social.

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