Educar en la alegría. Pepa Horno

En la vida hay una regla que funciona de forma casi infalible. Dice así: “a más, más; a menos, menos”. Cuanto más tenemos de algo, más fácil nos resulta tener más; cuanto menos, más difícil. Funciona en lo físico (cansancio, hambre o el sueño), en lo exterior (el dinero o las relaciones) y en la vivencia emocional interna (el miedo, la rabia o el agotamiento). Por eso es necesario poner consciencia en aquello que cultivamos en nuestra vida, aquello que elegimos. Porque de eso tendremos cada vez más y aquello a lo que renunciamos, cada vez quedará más lejano e improbable de lograr.

Criar un hijo o una hija implica vivir con miedo. Miedo a que le pase algo, a que se caiga, a que enferme. Miedo a que le hagan daño. Miedo a equivocarnos en nuestras decisiones y hacérselo nosotros. El miedo forma parte de la crianza. Pero no sólo de la experiencia emocional interna nuestra como madres o padres, sino del mundo en general. Vivimos en una sociedad que cultiva el miedo constantemente. Nos pasamos el día hablando de lo mal que están las cosas y de lo mal que funciona todo. Los medios de comunicación reflejan la parte más dolorosa y cruel del mundo, que es innegable y real. Pero al dejar fuera los referentes positivos, que también existen pero no son noticia, crean una visión del mundo como un lugar amenazante y destructivo. Y esa visión del mundo como un lugar en el que hay que defenderse genera parálisis e impotencia.

Como figuras adultas responsables del cuidado, la protección y la educación de los niños, niñas y adolescentes es necesario que pongamos consciencia en cuáles son los “ingredientes” que queremos que haya más abundantes en su vida (los de la regla del “a más, más”) para cultivarlos. Y hay una elección clara que debemos hacer: ¿qué hacemos con nuestro miedo?. Podemos negarlo, disimularlo o manejarlo desde el control permanente del entorno o su conducta. O podemos vencerlo cultivando su fortaleza emocional. Esa fortaleza que les permitirá afrontar el miedo, la tristeza o el dolor cuando les llegue. Porque por mucho que queramos, no hay burbuja en la que protegerles del dolor o el miedo. Antes o después les llegará y han de tener herramientas para poder afrontarlo.

La fortaleza emocional interna se construye desde dos elementos clave: la conexión interna del niño, niña o adolescente con sus propias sensaciones corporales y emociones, que le permitirá detectar el peligro cuando llegue; y el disponer de una red afectiva sólida en la que poder confiar y a quien poder pedir ayuda cuando la necesiten. Porque los niños, niñas y adolescentes no pueden protegerse solos. Necesitan aprender a pedir ayuda para protegerse, y para poder pedir ayuda necesitan tener gente en la que confiar.

¿Cómo se generan estos dos elementos? La conexión interna se genera cultivando la parte luminosa del ser humano: la alegría. No hablamos de la alegría entendida como un estado permanente, ni de una felicidad ingenua, ni de que los niños, niñas y adolescentes no sufran, ni lo pasen mal y estén siempre felices y despreocupados. Primero, porque es imposible. Y segundo, porque si lo logramos paradójicamente les hacemos más débiles, porque les dejamos sin estrategias para afrontar el dolor.

Hablamos de elegir la alegría, convirtiéndola en pequeñas vivencias cotidianas y sistemáticas. De hacerlo con consciencia y todos los días que seamos capaces. Habrá días que nos salga mejor y otros que no lo lograremos porque nuestro propio agotamiento o nuestra propia tristeza nos lo impedirá. Pero no hablamos de grandes cosas sino de poner consciencia justamente en las pequeñas. Hablamos de:

  • -Hacer visible y optar por el vaso medio lleno, que es tan real como el medio vacío, cuando hablemos con nuestros hijos e hijas de cualquier tema.
  • -Cultivar el sentido del humor y la risa. Si pasa un día y no hemos oído a nuestros hijos e hijas reír, es bueno hacerles cosquillas antes de dormir. Los niños y niñas necesitan reír todos los días para poder crecer sanos.
  • -Cultivar la música, el baile y el movimiento (no sólo el deporte, pero también el deporte). La música y el movimiento generan conexión corporal y emocional.
  • -Y cuando llegue el dolor, no negarlo ni minimizarlo. La alegría es motor de resiliencia, les hace fuertes ante el dolor. Si se caen, reconocerles el daño y enseñarles a expresarlo y a pedir ayuda para salir de ahí si la necesitan. Si llega la enfermedad o la muerte, no dejarles fuera, que puedan compartir el duelo de los demás para poder integrar el suyo propio.

 

¿Y cómo se genera la red afectiva sólida en la que poder confiar? Hablamos de:

  • -Promover los tiempos del ser sobre los del hacer. Tiempos para conectar consigo mismos, hasta para aburrirse y tiempos para conectar con los demás. Hablamos de cenar con la tele apagada, hablamos de salir a la montaña juntos los fines de semana sin llevar el móvil ni nosotros ni ellos. Hablamos de ver una peli con manta y palomitas en el sofá.
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  • -Promover vínculos afectivos con otras personas además de las madres y padres. Que duerman en casa de amigos, que vayan a casa de los abuelos y los tíos, que nuestro hogar sea un lugar abierto y de acogida. Que aprendan a confiar desde nuestra propia actitud de apertura emocional hacia el mundo y quienes nos rodean.
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  • -Enseñarles a cuidar, a contribuir y a conectar emocionalmente con las necesidades de los demás. La trascendencia nos lleva a generar red. Cuidar a quienes lo necesitan y nos lo piden nos hace más fuertes y más conscientes de nuestro propia fragilidad y vulnerabilidad. Y, por supuesto, a hacerse responsables del daño que hacen y de su reparación.

Y una última clave, no por última menos importante. No sólo se trata de poner consciencia en lo que elegimos cultivar. Sino también en cómo hacerlo. Pero nuestra historia afectiva, nuestra memoria corporal y nuestros propios miedos condicionan cómo educamos. Por eso las herramientas principales para la crianza y la educación son nuestro propio autocuidado, la integración de nuestra historia de vida y nuestro crecimiento personal. Porque mirarnos hacia dentro cambia nuestra mirada hacia fuera, empezando por nuestros hijos e hijas.

Nos toca elegir. Elegir la alegría para cultivar la fortaleza emocional y la presencia amorosa para generar una red afectiva sólida en la que puedan confiar. O elegir el control de su entorno, su conducta y sus actividades e inculcarles el miedo para generar sumisión, impotencia o enfado. 

Pepa Horno. Psicóloga, consultora en infancia, afectividad y protección.

BBK Family es un proyecto de BBK con la colaboración de las entidades sociales EDE Fundazioa BIDEGINTZA gek, para ofrecer a las familias todo aquello que necesitamos para la crianza y educación de nuestros hijos e hijas, así como ser un centro de referencia en Bizkaia en el ámbito de la prevención primaria.

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